Ruta por Eguisheim, Ribeauvillé y Kaysersberg

Es sábado y esto ya se va acabando. Nos levantamos pronto y vamos a ver el mercado de Colmar, que si no por la tarde siempre lo pillamos cerrado ya. A mí me gusta ver los mercados y los parques cuando voy a los sitios, no sé, pero son cosas que me gusta incluir en mi itinerario.También tenéis lugares imprescindibles cuando viajáis?

El mercado está junto al canal de la Pequeña Venecia lo que hace que el edificio se vea aún más bonito de lo que ya es, típica arquitectura industrial de piedra, hierro y ladrillos. Por dentro tiene un poco de todo, hasta pequeños restaurantes, uno de ellos era tailandés. Así que podéis aprovechar a hacer la compra aquí si estáis en un apartamento.

Al salir fuimos paseando junto al canal y sus coloridas casas y ya nos fuimos a Eguisheim. Como os conté en el post anterior llegamos de noche y nos apetecía verlo también a la luz del día. Y no nos equivocamos al volver, el pueblo es una maravilla. Otra en Alsacia, qué voy a decir, si ya parece que en vez de pueblos hablo de mis hijos que no puedo decir cuál es más guapo.

Sus calles empedradas, sus casas de colores, bien decoradas, las pequeñas tiendas, el mercadillo… precioso todo.

Y que no falte la imaginación en la decoración! Cómo convertir una bombona de butano en un simpático cerdito.

Se nota que es sábado y se empieza a llenar de gente enseguida, así que nos vamos al siguiente pueblo que nos toca visitar. Ribeauvillé. Cuando llegamos, ya vimos que iba a ser el caos, multitud de coches aparcados por encima de las aceras, por la carretera, gente para exportar, el horror vamos.

No sé si fue casualidad que todos coincidimos a la misma hora, o es por el mercadillo que además de navideño es medieval, el caso es que no se podía ni andar. Literalmente. Hubo un momento que nos llevaba la marabunta de gente y dijimos a mitad de calle, damos la vuelta y nos vamos. Dar la vuelta y salir de la corriente nos costó un poco, pero lo conseguimos.

No me extraña que hubiese tanta gente porque estaba todo muy animado, hacían juegos medievales, había algún mini espectáculo, un elixir de navidad que estaba buenísimo, y una especie de feria para los más pequeños toda de madera… vamos que estaba bastante bien.

Por cierto, que aquí la típica jarra que te dan para el vino la tenías que comprar sí o sí. En todos los mercadillos daban vasos de plástico, en cada pueblo tenían un modelo diferente, y pagas un depósito de 1€. Si no quieres el vaso lo devuelves al terminar y te devuelven el euro, y si quieres te lo quedas de recuerdo. Yo me traje tres. Y la jarra de cerámica, que como decía aquí te cobraban 2,50€ , y cuando la fui a devolver, porque no me gustaba, me dijeron que no, que era para donativo del pueblo. Pues vale, donativo forzoso.

Lo poco que pudimos ver del pueblo estaba bien, pero como digo nos tuvimos que ir de lo agobiante que era.

Nos fuimos a Kaysersberg, aunque por la carretera se veían muchos coches y en el pueblo había bastante gente no era tan agobiante como Ribeauvillé. Al menos se podía andar.

Si pudiera poner aquí el emoji de la cara con ojos de corazón lo pondría, porque así era mi cara al entrar al pueblo. Si ya pensaba que no podía haber otro más bonito, llegamos a Kaysersberg que está entre montañas, con un castillo al fondo y un río que lo cruza.

Qué más se puede pedir? Pues todo lo que tiene y que fuimos encontrando. Más casas de colores, pastelerías deliciosas, mercadillos con puestos de comida que quitaban el hipo, música por todos lados. Había música en los mercadillos, había un grupo cantando villancicos en la calle, niños que tocaban la flauta travesera para animar las calles y sacarse un dinerillo, otra señora tocaba el acordeón… vamos, una fiesta era el pueblo, daba gusto pasear por allí. Aprovechamos a comer una baguette con queso Munster por uno de los mercados, y una tartiflette, que es el plato de patatas gratinadas con queso.

En esta panadería compré un trozo de un pastel de Noel que estaba buenísimo.

Chicas vestidas con el traje regional…

Hasta vimos a San Nicolás!

Volvimos a Colmar un poco más pronto que otros días porque queríamos ver a los niños que cantan villancicos en el canal de la Pequeña Venecia. Salían a las cinco de la tarde en unas barcas y van recorriendo el canal cantando. Así dicho, que es como lo leí, sonaba muy bonito, así que fuimos, buscamos un hueco porque había mucha gente. Encima un frío que pelaba, claro. Por fin, les oigo llegar, iban cuatro barcas con los críos cantando cada uno a su bola que parecía más un gallinero que un coro de niños. De vez en cuando van parando y entonces cantan todos a la vez un villancico que digo yo que se supone llevarán preparado, y cantaban que te chirriaban los oídos. No sé por qué me esperaba un coro, que cantarían bien y que sería más bonito. Es como si aquí sale la clase de 2ª B cantando la marimorena. La verdad, después de verlo, no volvería a pasar el frío que pasé pegada al canal para oir a la clase de turno.

Después de esto necesitaba un vino caliente. Para calentarme y para olvidar. Vuelta por los mercadillos, fuimos a la puerta del museo a conectarnos a la wifi, y luego comimos algo por ahí. Nos fuimos pronto al apartamento que teníamos que preparar la maleta, al día siguiente podríamos aprovechar las últimas horas en Colmar.

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