Primer día en Oporto

El primer día llegamos ya por la tarde a Oporto, pero tuve el tiempo suficiente como para ver que esta ciudad me iba a encantar. Sus calles empedradas como las de todo Portugal, sus cafés antiguos que se conservan como el primer día, comercios de ultramarinos  que mantienen sus fachadas de azulejos y que parece que se hayan parado en el tiempo.

Oporto

Nuestro hostal estaba al final de la comercial rua Santa Caterina, y aunque era domingo ya se podía apreciar que iba a ser una calle muy movida. Paseamos por los alrededores y bajamos hasta el puerto. Esta zona siempre está animada, por la noche por las terrazas de sus innumerables restaurantes y por el día por la gente que pasea, y los puestos de manteles, toallas y lo que surja que se plantan a lo largo de toda la orilla del río.

Esa primera noche cenamos en Chez Lapin, un restaurante un poco escondido entre las callejuelas  junto al rio pero que merece la pena probar a pesar de no ser de los más baratos. Comimos unos mejillones buenísimos y el pulpo con patatas. Todo para chuparse los dedos aunque quede feo. Ese primer día nos fuimos pronto a dormir, habíamos hecho un largo viaje y necesitábamos descansar.

Al día siguiente si que ya empezamos a descubrir la ciudad sin dejarnos un solo rincón, o intentándolo, porque Oporto está lleno de callejuelas y rincones que guardan muchas sorpresas.

Oporto

Empezamos por la catedral y alrededores, esas vistas  del Douro y los tejados rojos desde la plaza que ya empiezan a enamorarte de la ciudad.

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En la misma plaza da Sé (catedral) encontramos el pelourinho, que son las columnas en las que se ataba y azotaba a los criminales de la época.

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Después de disfrutar de las vistas desde aquí arriba, vamos bajando por las empinadas calles que nos llevarán hasta el puerto. Sus estrechas calles con casas de piedra, la ropa tendida de lado a lado de la calle, pequeños restaurantes y tascas que te ofrecen menús por un precio muy asequible…

Oporto Oporto

Pasear junto al río es una maravilla, las casas viejas llenan de colorido la orilla, con sus azulejos o pintadas de colores, las sábanas tendidas como si no importara que estuvieras en la zona más visitada de la ciudad, al fin y al cabo es un encanto más de las ciudades portuguesas.

Oporto

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Decidimos coger uno de los barcos que te dan un paseo por el río Douro, el Duero para nosotros, y así ver Oporto desde otra perspectiva. Pasamos por debajo de los 6 puentes que unen las dos orillas, Oporto y Vilanova de Gaia. Pasamos junto a los rabelos, que son los típicos barcos que transportaban  las barricas de vino desde los viñedos a las bodegas de Vilanova de Gaia.

Oporto

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El paseo en barco dura casi una hora, y cuando bajamos nos vamos a probar alguna de las bodegas. Nos metimos  a una pequeña, que más bien era una tienda, pero ibamos a probar, asi que nos daba lo mismo dónde, para qué engañarnos. Nos dieron a probar tres tipos de oporto, los tres buenísimos, pero no compré ninguno porque nos quedaban muchos días de aqui para allá con el coche y no quería estar pendiente de si la botella se rompía o no. Realmente luego encuentras en Lisboa, o incluso en el aeropuerto.

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Después de esto no sé si animados por el vino o porque en el fondo siempre tenemos la típica curiosidad de y allí habrá algo interesante?, empezamos a andar por la orilla de Vilanova. Pues no había nada interesante, una vez que se acaban las bodegas poco más encuentras, así que nos dimos la caminata a lo tonto como siempre nos suele pasar, pero bueno.  Así que como ya me rugían las tripas, porque cuando estoy de viaje me rugen en sesión continua, buscamos un sitio para comer. Nos metimos en un  restaurante que estaba escondido en una callejuela y que anunciaba el menú del día por 5 €. No sé ni cómo se llamaba, parecía pequeño desde fuera, pero por dentro era tan grande como cutre, estaba llenísimo de gente, y no me extraña, porque con ese precio y la comida que estaba buenísima era para estarlo.

Salimos bastante llenos y pensamos en ir a coger el tranvía nº1 que te lleva hasta Foz de Douro. Allí fuimos hasta la playa y el pequeño faro. La playa estaba a reventar de gente, pero la verdad es que no es una playa bonita. Yo quería haber ido a las piscinas naturales des Marés, pero la verdad es que tampoco hacia mucho calor y lo dejamos. Están en Matosinhos, que es un pueblo pegado a Oporto, y al que se puede llegar en metro. Hay vestuarios y una cafetería, pero no os puedo decir mucho más porque como os digo no fuimos al final.

Oporto

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Paseamos por el faro y como parece que nunca nos cansamos de andar pensamos en volver andando. Mala idea. Al principio está bien porque pasas junto a un pequeño parque que guarda la sorpresa de un edificio modernista de baños públicos. Solo por entrar a verlo merece la penar pagar los pocos céntimos que te piden. Bueno, a mí es que me gusta mucho todo lo modernista, art nouveau, art decó… en fin, que se me van los ojos.

Oporto

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Después de este parque la verdad es que no hay nada, es una zona bastante aburrida, incluso fea para caminar. Nos paramos a tomar algo en el único bar que vimos porque ibamos ya secos y encima nos pegaron una clavada de las que no te levantas de la silla. Vamos, que os recomiendo coger el tranvía para la vuelta, aunque sea después del parque.

Cuando por fin llegamos a la zona del palacio de cristal, nos metemos por unas calles que nos parecieron estupendas para llegar hasta allí, y lo único que hicimos fue dar vueltas y vueltas. Yo no sé cómo salimos de allí ni dónde fuimos a parar, el caso es que empezaba a estar un poquito hasta el moño ya de tanta cuesta y tanta caminata. Ya me parecía todo menos idílico. Salimos por una calles que nos llevaron hasta el hotel, de pura casualidad, así que aprovechamos a subir, descansar un poco y cambiarnos para salir a cenar.

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Fuimos a cenar a un pequeño restaurante que tenían más que nada tostadas y cosas así, que estaba en una antigua librería. Estuvimos en la terraza, y llegamos un poco de casualidad porque la verdad es que estaba todo llenísimo de gente, y eso que era lunes!! Después fuimos a tomar un Porto-tonic a un bar que encontramos que estaba en un piso de una casa. Yo veía gente en el balcón y me llamó la atención, así que empecé a mirar y subimos la escalera y aparecimos en un piso, con sus habitaciones y su barra de bar, y allí nos tomamos la copica.

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Oporto está lleno de bares con mucho encanto, todos estos los encontramos de casualidad y ninguno nos decepcionó.  De este último no sé cómo se llamaba, sé que estaba cerca de la librería Lello e Irmao, en la misma calle, casi al lado.

En fin, el primer día en Oporto no me decepcionó, al contrario, empezaba a gustarme mucho, más que Lisboa. Una vez más me enamoré 😛

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