De Estrasburgo a Colmar

Os ha pasado alguna vez en algún viaje que cada día que pasa lo que ves supera a lo del día anterior? A mí me ha pasado con Alsacia. Cuando parecía que el siguiente pueblo no podía ser más bonito, resulta que sí, que podía serlo. Hay quien dice que al final son todos iguales, y es verdad, son parecidos pero todos tienen algo especial que los hace ser diferentes y únicos.

En nuestro tercer día de viaje empezamos ya a recorrer pueblos. Salimos de Estrasburgo después de quitar la capa de hielo que se había hecho esa noche y nos dejó el coche más blanco de lo que ya era, así que cuando recuperé mi mano del estado de congelación en que se me había quedado salimos hacia Colmar. Teníamos que estar allí a las dos para recoger las llaves del apartamento. Lo bueno de acostarse pronto es que al día siguiente no te cuesta madrugar, lo que nos dio margen para poder parar en dos pueblos de camino a Colmar.

Primero paramos en Obernai. Aparcamos por un calle no muy lejos del centro para evitarnos pagar el parquing, hacía un frío que pelaba pero el pueblo prometía. Había muchos coches aparcados por encima de las aceras y pensé que era por el mercadillo de Navidad, pero no. Resulta que había un mercado tradicional que se celebra desde el año mil trescientos y pico, no recuerdo el pico. Y será muy tradicional pero a mí me fastidió las fotos porque todas las plazas y calles estaban llenas de puestos, de furgonetas y de gente. En fin, no pasa nada, la verdad que el pueblo tenía su ambientillo.

Como hacía tanto frío lo primero que hicimos fue entrar en una de las estupendas pastelerías que te encuentras por allí a tomar algo. Os he dicho que Alsacia está llena de pastelerías y panaderías con una pinta estupenda? Te engordas solo de ver el escaparate, madre qué cantidad de dulces y qué pinta todo… Y qué bueno! Al menos lo que probé es para arrodillarse mmmmmmmm…. Bueno, el caso es que entramos a tomar un chocolate caliente con un dulce. Yo tomé un streusel, que es como un bollo y encima lleva una capa crujiente de almendras y canela y algo más. Estaba buenísimo. Después de eso ya ves la vida con otros ojos.

Paseamos por el pueblo mirando el mercadillo y las inevitables decoraciones de osos de peluche navideñas. También había un belén en la plaza del mercado en el que había animales vivos, dos ovejas y un burrico concretamente. Más majico..

En Obernai el mercadillo navideño lo ponen fuera de las murallas, hay una carpa grande con dos policías en la entrada armados con metralletas que te hacen enseñar el bolso y hasta desabrocharte el abrigo para ver si llevas algo. Me parece bien que tengan seguridad, pero un poco abusivo también. Yo como tenía tanto frío e iba abrigada hasta las cejas dije, paso de desabrocharme el abrigo y toda la historia, vámonos. Y no entramos.

Nuestra siguiente parada fue Barr. Es un pueblo pequeño pero muy majico también, rodeado de viñedos. Se notaba que el mercado de navidad no estaba abierto por ser entre semana porque había muy poca gente. Entrar a estos pueblos menos transitados tiene sus ventajas, primero descansas un poco del agobio de gente, y segundo puedes verlos con más tranquilidad y hacerte la idea de como es la vida en un pueblecillo así, porque prácticamente solo te cruzas con los locales.

Dimos una vuelta y nos fuimos para Colmar, que habíamos quedado con Pauline, la dueña del apartamento, para que nos diera las llaves.

Como ya os dije en el primer post, era la primera vez que usaba Airbnb y todo salió muy bien. La única pega es ir con hora para el asunto de las llaves, lo mismo que cuando te vas, pero bueno. Pauline era muy maja, nos enseñó el apartamento y cómo funcionaba todo, nos indicó qué ver en Colmar y qué pueblos eran bonitos, y ya una vez instalados nos fuimos a comer, que entre unas cosas y otras ya eran casi las tres de la tarde.

No fuimos muy lejos, estábamos al lado de la Pequeña Venecia, y tras alucinar un poco con las vistas nos metimos a un restaurante que tenía buena pinta allí mismo. Una casa de madera con un gallo gigante en la puerta. Le Krutenau. El sitio no podía ser más acogedor, parecía que de repente habíamos llegado a un refugio de montaña, todo de madera, con velas en las mesas, mantas por si tenías frío, y que no falten los osos de peluche en el techo para adornar. Pedimos el potaje del día, que estaba buenísimo, y una tarte flambée para los dos. Es como una pizza pero de masa muy fina y sin salsa de tomate. Riquísima. Y para beber, cerveza de navidad. Me estaba aficionando ya a esa clase de cerveza tan rica. Ahora la echo de menos.

Y si la Pequeña Venecia nos había gustado, lo que vimos después ya nos dejó sin palabras. Ya no daba abasto con la cámara para hacer fotos, porque todo me parecía precioso. Cualquier calle, cualquier rincón, las casas, las decoraciones, las luces, los mercadillos…

Colmar me enamoró de día, pero de noche volvió a hacerlo, es una maravilla.

Esa noche compramos algo y cenamos en el apartamento. Está bien para ahorrar, pero yo prefiero comer fuera, así que el resto de noches nos quedamos por los mercadillos, total eran pocos días. Y así terminamos el tercer día de viaje.

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